María Oruña, en señal de guiño y agradecimiento a los lectores, procura disfrazarse de algún personaje inspirado en sus novelas cada vez que se publica alguna de las mismas. Se ha caracterizado ya, de hecho, de dama decimonónica gallega (El bosque de los cuatro vientos), de señorita escocesa también del siglo XIX (El camino del fuego), de tenista asesina (Lo que la marea esconde) y hasta de fantasma de los años 40 del siglo XX utilizando como escenario el viejo ático del Palacio del Amo, hoy en pleno proceso de reconstrucción (Donde fuimos invencibles).
En esta ocasión y para «Los inocentes» (publicación el 13 de septiembre) la autora ha desarrollado la trama en un lugar aparentemente idílico, Puente Viesgo, y en concreto en su Templo del Agua. Por este motivo se ha colado en tan relajante lugar para jugar con los lectores y retarlos a que comprendan los simbolismos de la imagen: una máscara de gas y un traje de protección, una bonita caja de regalo a punto para ser abierta y unas piscinas de agua azul y cálida en las que sumergirse. El juego, y el misterio, están servidos.


